Mi "paseo" por el Sahara tunecino.
(Dedicado a todos los que les conté algo de esta historia)
EN LA MEDINA
Por fín parece que me saldre con la mía. Llevo dos días intentando entrar en algún grupo de los que salen al desierto en 4x4, pero como soy "individuel" no ha resultado nada fácil.
Ayer pregunte en la oficina de turismo, una chica muy amable me atendió. Tarareaba alguna canción mientras me ofrecía sentarme -. ¿De donde eres? ¿Cómo te llamas? ¿En que Hotel estás?
Retira de la mesa una barra de labios encendida, fucsia
-. Han estado mis amigas y se les ha olvidado...
Bueno, le cuento mi objetivo y llama a una agencia, otra agencia, pero no, no hay ningún grupo en el que pueda entrar.
-. Quizás pueda haber alguna posibilidad más tarde. Vuelve ! me dice esta auténtica Betty Boop de Turismo interesada en prestarme servicios ahora o más adelante.
Volví al Hotel y como había visto un tablón de anuncios con oferta de excursiones, una de ellas la que a mí me interesaba "Vea la puesta de sol en el desierto" decidí preguntar también en la recepción.
Recogieron mi petición y me indicaron que se pondrían en contacto con la agencia.
A mi vuelta del paseo por la medina tendría la respuesta.
Impresionante la medina de Tozeur, en ladrillo visto de un ocre claro, se extienden sus callejas, túneles y plazas. Un laberinto por aquí con salida y por allí no, y marcha atrás p
orque por ahí tampoco.
Pronto tengo un "asesor", un señor de unos setenta, enjuto, con gafas, pelo blanco, un aire al Tio Aquiles pero sin tiroleses con traje gastado oscuro, me ofrece sus servicios, empezamos a deambular, pienso que está un poco zumbao, muchos tics con la cabeza, con las manos, pero a medida que me va descubriendo la medina me siento más contento de haberle encontrado, bueno, de que me haya encontrado. No hay puerta que se le resista si detrás hay un patio digno de verse o una terraza con buena perspectiva de los tejados.
Estoy haciendo fotos y oigo una señora dando voces a mis espaldas, claro me esta echando y con toda la razón, estoy en su casa sin que me haya invitado, aparece mi guía de un rincón de la terraza y la mujer se relaja. Todos le conocen. Perfecto.
REGATEO Y PALMERAL
Seguimos recorriendo cada esquina y me cuenta de la mezquita con las tres puertas, la grande la de los hombres y las otras dos más pequeñas, la de las mujeres que sólo pueden ir los viernes y la de los niños, se me vienen a la cabeza las tiendas de juguetes Imaginarium con su puertita infantil, sólo que en Tozeur esa diferencia de mayor tamaño más importancia marca diferencias sexistas, como las puertas de las casas con tres aldabas que producen distintos ruidos informando de sí quien llama es un hombre, una mujer o la situada mas abajo -para dar facilidades- un niño.
Encima de las puertas hay un ajedrezado, dibujos que se asemejan a los de las alfombras llenos de significados, cuantos la habitan, la actividad profesional...
Las mujeres llevan capas negras interrumpidas por una tira de color que las recorre horizontalmente. Si esa tira es azul es de Tozeur pero si es blanca entonces es de la vecina ciudad de Nefta.
Esta atardeciendo, la luz entra en los ladrillos dándoles un color oro, lingotes haciendo sombras que matizan y resaltan sus sombras.
Unos niños, con gran habilidad, juegan a colocar piedritas en algunos huecos que a cierta altura hacen los ajedrezados. Otros al futbol en todas las plazas por las que pasamos. En una de ellas, junto a la casa del alcalde, esta Imed, mas mayor, los mira como arbitro acompañado de su amigo que se autoproclama el más listo de la clase. Imed habla bien en inglés, está a punto de terminar sus estudios y quiere ir a la Universidad para hacerse periodista deportivo.
Como casi todos los tunecinos, como casi todos los jóvenes de su edad del mundo, sobre todo está fascinado por el futbol. Me da la dirección para que le envíe una camiseta de Figo. Este jugador de Oporto resulta ser el español más popular en Tunez.
Continuando nuestro paseo pasamos por algunas casas derruidas y pienso en lo bien que quedarían reconstruidas.
Al parecer varios extranjeros ya lo han hecho, hay francesas, alemanas, me hablan de una española también, casadas con tunecinos. Siempre se refiere a mujeres no parece existir alguna excepción de extranjero casado con tunecina.
El precio del metro cuadrado está por las nubes , una casa ruinosa puede costar de 180.000 € a 240.000 € -me dice-, está claro para él que yo no soy comprador, quiero decir que no me está preparando para ningún regateo con un tercero, así que me creo que los precios son de milla de oro europea y no lo puedo entender. (escrito en el 2001)
Me despido de las amistades que se me han ido uniendo y me dirijo al Hotel cruzando un par de callejuelas, comercios de alfombras y de regalos para turistas hasta desembocar en la ciudad moderna.
Junto al mercado me detengo en una tienda de regalos, pequeña y mal situada, no en primera linea del río de turistas sino más bien en tercera, mira por aqui y por allá , entre los estantes, como todas, mucho colorín, sisas -las pipas de agua-, cajas damasquinadas, chilabas sencillas y más historiadas con brocados que destellan todos los colores, filigranas con la mano de Fatima, un camello, una estrella... Collares, brazaletes, babuchas... Me llama la atención un traje de camisa y pantalón de tunecino tradicional, no estaría mal para disfrazarme alguna vez o para estar cómodo en casa.
La verdad es que en Tunez nunca sé que comprar, no es que sean cosas feas, pero son el tipo de adornos que luego se quedan guardados en un cajón de casa y esa práctica la tengo cada vez más olvidada. Así que por regla general sólo compro algún detalle para familia y amistades.
Aun así, mi comerciante va a conseguirlo, ante mi poco interés emplea más recursos, de un cajón de un armario apartado saca una bolsa de plástico con colgantes, brazaletes, anillos...
-.Plata, pero plata antigua, bereber -dice-.
Sus diseños y dibujos me llaman la atención más que todo lo visto hasta el momento.
Avido el comerciante manda al chico a por té.
-. Eh que no! yo no voy a comprar nada... Además ni llevo dinero.
-. No importa, no problema, sólo ver luego te vas y ya está.
Pues muy bien, empiezo a mirar una y otra pieza del pequeño tesoro, llega el te a la menta, caliente y rico el primer sorbo, luego dulzón y al final algo empalagoso.
Voy seleccionando alguna y apartando otras. El valora las que me han interesado -. No voy a comprar hoy -reafirmo- pero voy haciendo cuentas del cambio de moneda y a medida que él me dice precios hago silencios o algún gesto denotando un "ya veremos luego".
Finalmente le digo que me aparte un anillo, un brazalete y tres colgantes, ¿complementos para el traje de tunecino?
Mi comerciante me dice que son 220 dinares, le digo que ya negociaremos al día siguiente y nos despedimos.
No estoy lejos de la oficina de turismo, de paso pregunto pero no hay novedad, sigue si haber grupo para mí.
Llego pronto a mi Hotel, el Oasis. Esta construido en el mismo ladrillo que la medina, un edificio compuesto de tres patios cerrados y uno abierto donde está la piscina que linda con el palmeral, el hotel se sitúa en el extremo de la ciudad más cerca del centro. Los patios ajardinados están repletos de árboles, plantas con flores y por supuesto palmeras. La ciudad esta rodeada por 260.000 palmeras.
El día siguiente es mi último día completo en Tozeur, cuando me levanto vuelvo a preguntar insistente en la recepción, pero nada, no hay forma, las agencias a las que han preguntado no han llamado de vuelta.
Pregunto si se puede acceder con un taxi por alguna de las carreteras que salen de la ciudad y desde allí adentrándose un poco verlo, pero no parece sea una opción valida. -. Luego volveré por si hay alguna novedad.
Parece que me iré sin ver la puesta de sol sobre las dunas del desierto.
Salgo a dar un paseo ayer quede con Imed y su amigo para que me enseñaran el palmeral, pero antes paso por el banco para sacar algunos dinares para recoger mi compra del día anterior. Me cae simpático y me parece más serio que otros.
Decido que si hace un buen precio puede ser mi vendedor oficial, algo tendré que llevar, no se puede volver de un viaje con las manos vacias.
Con los dinares calentitos me voy del banco a la tienda.
-. Vamos a negociar ! le digo después de darle los buenos días.
-. Vé a por té ! manda al chico como siempre, con su peculiar voz aflautada.
Nos sentamos uno junto al otro en un banco de madera y pone en el medio la mercancía que ha dejado apartada del día anterior.
Comienza la fiesta.
Voy sacando las piezas una por una y se ha aprendido bien la lección porque me va repitiendo los mismos precios con los que cerramos el día anterior, precios que yo voy bajando primero mentalmente y luego diciéndoselos, admite que pague menos por la pulsera y el anillo me lo da de regalo pero los colgantes no puede bajar ni un dinar.
-. Uno sólo en Europa valdría lo que le pido por todo -me dice- y yo le pongo cara de escéptico y le digo que tengo un hermano joyero y que pienso volver muchas veces a Tozeur.
Me jura y perjura que son antiguas, de bereberes del desierto.
Después de dos o tres precios intermedios, fijados por ambas partes alternativamente y de en dos ocasiones decirme que no pasa nada, que me vaya tranquilo, que lo dejamos y seguimos tan amigos, cerramos en 115 dinares incluyendo el traje que me gustaba y una rosa del desierto muy grande.
Me da la mano, llama al que dice que es su jefe para que le autorice la venta, para mí que es el que vende al lado y que deben hacer de jefe el uno del otro, según convenga, para mayor satisfacción del cliente.
El supuesto jefe se lamenta del precio fijado con mucha discreción pero no se opone, claro está. Me despido y quedamos para otra ocasión, me recuerda que se lo enseñe a mi hermano y que luego le cuente cuando vuelva.
A falta de la deseada excursión he pensado gastar este último día en ir a ver el Zoo del Desierto y el llamado Jardín del Paraiso. Pero antes vuelvo al hotel a dejar mi pequeño tesoro y de paso preguntar una vez más.
Esta vez el de la recepción me dice que existe una posibilidad, parece que ante mi insistencia me ha buscado una alternativa.
-. Puede salir un solo coche con usted pero en vez de 30 dinares, lo que le costaría en un grupo, le costará 60. Con el training previo en la tienda y entregado al regateo le redondeo en 50 y como mi interlocutor resulta ser el delegado de la agencia Ulysee en Tozeur, y tiene capacidad, acepta.
Serán menos horas que el recorrido normal que empieza a las doce, el que hacen con hasta seis personas, me parece lógico y convenimos que me recogerán a las cuatro, aunque a mi regreso del Zoo y jardín me dicen que vendrán a las cinco, agradezco la hora de retraso porque vuelvo rendido y me vendrá bien descansar después de una buena ducha.
Han sido cuatro kilometros de ida y los de vuelta, con una botella de un litro de agua, para ver unos cuantos zorros desgalichados -creo que he comprendido el pleno significado de ese adjetivo viéndolos- pero eso sí con muy buena dentadura, chacales, entre unos y otros un león, un terrario con escorpiones y serpientes diversas, unos camellos. Lo más impresionantes las frágiles rejas de la jaula del león, los pavos reales paseándose por los jardines y un pequeño zorrillo con unas orejas muy grandes que creo se llama Feneca.
Este animal descubro es el mismo que se repite en monumentos escultóricos como el de Hamamm Sousse, en posters, en adhesivos didácticos en los contenedores de reciclado... Es la mascota de los juegos olímpicos del Mediterraneo, un fenomeno que sacude Tunez este verano, embelleciendo sus fuentes, plazas, jardines, el cercanías de la capital... Y enorgulleciendo a sus habitantes.
Enfín este zorrillo que, al parecer, se hidrata gracias a sus monumentales pabellones auditivos es todo un símbolo de Tunez.
La excursión ha sido tranquila pero con un sol de plomo, entre las doce del mediodía y las tres y media de la tarde, buscando las sombras de las palmeras que se extienden sin límites, y entre ellas surcos por los que pasa el agua, unos niños recogen moras en unas zarzas, un poco más allá entre el humo un grupo de hombres quema unos rastrojos, más adelante detrás de unos arbustos se oye más agua, chapoteos, gran algarabía, un padre se baña con sus tres hijos en un estanque, no improvisada piscina, nos saludamos.
Bonitos parajes, algunas casas entre los huertos, una explotación de dátiles, un pequeño santuario cuadrangular con cúpula de base ortogonal, entretenida marcha.
Casí llegando a la ciudad, de vuelta, he descansado invitado al jardín por un empleado del Centro Juvenil. Mi única parada desde que dejara Tozeur para cruzar el palmeral hasta el Zoo. Me he hecho medio oasis seguro.
EL DESIERTO
Y bueno, aquí estoy , acabo de montarme en un flamante Toyota, enorme, de tres filas, con todos los cambios de marcha habidos y por haber, reductoras.
Me siento en el puesto del copiloto, nunca va a ser mejor llamado así...
El aire acondicionado funciona demasiado bien, que choque con el calor que hace fuera. Esto es confort!! me repachingo en mi asiento mientras empezamos a cruzar las calles en dirección a Orijmel.
Son poco más de las cinco de la tarde y vamos hacia el sol aún alto, no se pondrá hasta bien entradas las siete y media de la tarde. La luz es intensa y resplandece sobre el ocre claro de los áridos de las afueras de Tozeur.
Me pongo las gafas de sol bajando también el protector del parabrisas y pienso lo a gusto que voy viendo el panorama, sobre todo después de la paliza que me he metido antes.
Una llanura inmensa se extiende hasta el horizonte, a la derecha interrumpida por las montañas del Atlas, la inmensa cordillera que marca la frontera con Argelia.
No se ve nada ni nadie, si no hubiera estado en el Zoo antes sería impensable pensar que cualquier animal pudiera subsistir ahí.
Habremos hecho unos diez kilómetros cuando nos encontramos con un pequeño oasis en medio de esa nada, su reducido tamaño, no creo que tenga más de un kilometro de diámetro, lo hace más singular, un pastor cuida sus ovejas a la entrada junto a algunos matorrales sobre la arena. Lo cruzamos, hay algunos labradores entre las palmeras que surca el camino. De frente se nos echa encima una caravana de quads envuelta en un mar de polvo. Menuda industria está del desierto para turistas.
Salimos del palmeral y todo vuelve a ser igual, amarillo ocre, inmenso solo comparable al mar o al cielo pienso, nadas completas de una misma materia sea agua, gas o arena.
La pista a veces se complica y el coche derrapa o se va de un lado al otro.
El conductor es antipático. Lo primero que me ha preguntado nada más salir es si le pagaría a él o en el Hotel. Le digo lo que ya debe saber por el del Hotel que es que pagaré el día siguiente en el Hotel cuando saque dinero, voy un poco justo y quiero tener para la cena o cualquier imprevisto.
Parece que al conductor no le ha sentado muy bien lo convenido en Recepción.
Intentando mejorar la situación le digo que si le preocupa el cobro que venga al dia siguiente, entre las siete y las nueve y yo mismo se lo abonaré a él personalmente. No muy convencido me responde -. No, no hay problema déselo al mismo que me ha llamado.
Con la misma intención alabo su pericia con el coche, patina bastante y va deprisa pero parece que sabe lo que hace. No hablamos nada, este bigotes con fisonomía "panocha" es un buen mostrenco. Todo un "Muza", una excepción en Tunez.
Con semejante compañía -pienso- hubiera sido mejor salir otra hora más tarde, a las seis o seis y media, pero parece que vamos más lejos de lo que yo creía. Pensé que en unos quince minutos se entraba en el desierto pero llevamos mas de una hora, corre que te corre, subiendo, bajando promontorios, barrancos o disparados por extensiones lisas en las que a veces se desdibuja la pista inundada por la arena.
Derrapaje artístico para superar un par de cuestas muy empinadas, que me recuerdan las que ponen en el Salón del Automovil de Barcelona para probar los 4x4, llegamos a otra llanura imponente en la que se destaca un montículo a la izquierda que se asemeja a un camello y algo más allá un gran lago que destella con fuerza por la luz del sol, pero no, no es agua, es un espejismo. Se ve un lago de verdad pero no hay nada. ¿Verdad?, ¿mentira? como la vida misma, pienso.
Paramos para fotografiar sin el traquetreo del coche la silueta del camello de arena y el espejismo de luz.
Queriendo ser amable le digo que es muy bonita la vista. Pero debe haberlo escuchado muchas veces.
Intento imaginar este mismo paisaje con lluvia, o aún mejor con el arcoiris, aunque con el tórrido día de hoy sin duda está en su salsa.
Seguimos la marcha -. El aire con arena -me dice- borra a menudo la pista.
Asiento a su alarde de sociabilidad aunque es algo que vengo observando todo el tiempo.
Seguimos zumbándole, se lanza a las rampas de subida con fuerza y arriba frena en seco, examina la pendiente y jugando con las marchas se deja caer cuesta abajo.
De vez en cuando damos algún bandazo, en la pista ya no es fácil distinguir por que partes hay menos arena y las rodadas de otros jeep que hayan pasado desaparecen con el soplido del viento. Las ruedas que derrapan se van turnando o se repiten, cuestión de azar.
Una pendiente más que sube a tope para quedarse clavado en lo alto, pero esta vez se queda literalmente clavado, se han enterrado las ruedas. Bajamos y desde donde estamos al frente veo
una llanura en depresión rodeada de dunas y en el centro un chozo de paja junto a unas piedras que parecen lunares.
PUESTA DE SOL
Limpiamos de arena las dos ruedas afectadas, un volumen con el que podríamos haber hecho varios castillos. Y con unos cartones y una tabla que lleva dentro conseguimos salir hacia adelante y descendemos hasta lo que resulta ser un chiringuito turístico, se saludan y yo igualmente hago lo propio atendiendo a continuación la batería de preguntas ¿De donde es? -. Ah Madrid sí. Real Madrid jajaja ¿quiere tomar algo?, cuatro refrescos sobre el que debe ser el mostrador, un viejo cartel de Canada Dry, mirindas... No se si hemos vuelto al pasado pero hacía mucho que no recordaba se comercializaran esas marcas.
Entre las preguntas y propuestas entra la de un paseo en camello, tras una breve negociación acepto, y allá voy, yo no llevo el camello, un camellero andando lo va dirigiendo, hace un bonito recorrido por unas construcciones de fachadas que al parecer han servido para el rodaje de Star Trek y después subimos una duna, la silla de montar se zarandea ante la mayor dificultad para avanzar mientras hunde sus patas en la arena, desde arriba un horizonte de dunas sin límites que van adquiriendo un tono más dorado y haciendo más sombras, viendo este paisaje puedo entender el gusto por esos trazos geométricos repetitivos presentes en las formas del arte arabe.
Durante todo el periplo el camellero se ha dedicado insistentemente a pedirme "un cadeau", un regalo, que ha ido pasando de una cámara fotográfica a un reloj y finalmente unos prácticos prismáticos. Un auténtico profesional del pedir. Incluso me ha dado la dirección. Nuestra conversación ha versado sobre este tema y el Real Madrid, del que yo bien poco le he podido decir así que él me ha ido relacionando los jugadores desde la portería a los delanteros.
Después de bajar del camello decido regresar al mismo sitio andando, está a unos 500 metros, el camellero-barman y el chofer se quedan charlando, nos despedimos hasta el final de la puesta de sol.
Me he sentado en lo alto de la duna, tranquilo, pensando y sin pensar, solo viendo, dejándome transportar por las sensaciones de una imagen única en mi vida hasta el momento, viva, que ninguna foto que haya visto, por fabulosa que fuera, haya podido reproducir igual.
En la quietud aumentan los zumbidos de jeeps, miro hacia atrás y entre una gran polvareda empiezan a aparecer jeeps, uno detrás de otro, 1,2... 5, 6 y hasta 7.
Llegan hasta el centro de la explanada, donde se ha quedado mi chofer, y esto parece el desembarco de Normandía en versión desierto, con cámaras fotográficas por fusiles.
Su avance se divide en tres grupos tomando las posiciones más elevadas. Una vez alcanzadas se dispersan apostándose en lugares estratégicos, objetivo, el sol.
Cada vez están más cerca, -. ¿Ah pero tú le has trocat? -puedo entenderles, anda, son catalanes-.
Hubiera guardado las distancias aunque fueran primos, se supone que estoy en el desierto y que lo que se pretende es calma.
Por unos minutos había sido un sitio para perder la vista en un horizonte inmenso y pensar, ahora esto empieza a ser más difícil.
El sol sigue bajando adquiriendo un color más rojizo y marcando un enorme halo de luz, quizás mi astigmatismo consigue darle un toque aún más espectacular.
Una avanzadilla, dos chicas, vienen directamente hacia mi puesto. Pasan a diez metros, lo que en el desierto siento que equivale a que te llamen a la puerta por una pizca de sal.
Así que se la doy en su propia lengua -. Bona tarda !!
Conmovidas, no se que habrá pasado en su organismo al ver que aquel solitario que divisaban a lo lejos sin más turistas a su alrededor les ha saludado en catalá. Su respuesta inmediata -. Ah so m´agrada molt eh !
Y ahí se queda la conversación, se supone que empezamos a estar atentos a lo principal, digamos que se ha corrido el telón, y el sol empieza a perderse por hoy. La ansiada escena publicitada por todas las esquinas, uno de los objetivos de todos los que andamos por allí.
Se me ha sentado una señora delante con un buen moño, no va a ser fácil sacar una foto sin humano, y si fuera beduino tendría un pase, quedaría a tono, pero nó, lleva mochila.
Me levanto para buscar otra perspectiva, cambio un poco el enfoque y sigo tomando fotos a falta de algo mejor que hacer, como por ejemplo la pareja que todos podemos ver retozando en la arena, el sol de reojo así les debe saber más rico.
He dado con un buen sitio que tiene la inclinación adecuada para acomodar la espalda. Sentado así diviso la última catita del sol, se me vienen algunos recuerdos que me hacen verme en situaciones parecidas en otros paisajes, otros recuerdos más tristes me asaltan, en mi casa ya no podré enseñar las fotos a todos como hacía siempre a la vuelta de un viaje, desde hace cuatro meses mi padre ya no está entre nosotros, aunque probablemente en este momento
-pienso- tenga el mejor palco sin necesitar esperar al revelado.
No necesita ningún laboratorio, lo verá todo tal cual es, con luces y sombras.
Los motores de los jeeps me devuelven a la realidad. El sol se ha ido dejando un resplandor en el horizonte que sigue dando buena luz.
Con mis recuerdos tristes y la belleza del momento me incorporo viendo como los turistas, que hace un rato me han debido dejar sólo, empiezan a montarse en los 4x4 y empiezo a andar hacia el mío que esta junto al chamizo de los refrescos. Bajo mientras los otros todo terreno abandonan el lugar, los de los catalanes, otros de unos franceses, los que estaban más lejos no he llegado a oir ninguna voz que los identificara.
Este descenso es como esquiar, de lado a lado, con algunos pasos avanzo más de metro y medio, y a cada paso más velocidad. Me hundo en la finísima arena que sale por las sandalias como si fuera agua.
Llego hasta el coche nos despedimos del dueño del chiringuito y del camellero que me repite por enésima vez no olvide enviarle los prismáticos. Nos vamos.
Montamos en el toyota y a correr otra vez, le pega bien, socialmente se puede decir que estamos igual que cuando hemos salido esta mañana, al volver del paseo he hecho algunos elogios de lo visto, sin precisar mucho, por encima, pero para él eso debe ser un "deja vu" multiplicado no se sabe por cuantos turistas con un agravante en este caso, que no cobrara directamente de mí, con tal precedente mis observaciones le traen al pairo.
Este ha tirado la toalla de los buenos modales esta mañana, antes de coger el coche. Nada de la cortesía habitual de los tunecinos con los turistas.
Por un momento pienso que este no debe ser su trabajo diario y si lo es va sólo de chofer acompañado siempre por un guía. Su atención sigue al volante y por otra parte lo prefiero tampoco yo tengo ningún interés en establecer cotorreo alguno con semejante muermo.
Hay una botella de agua tumbada en medio de los dos, el no ha bebido todavía, igual ha tomado algún refresco en el chamizo, yo nada pero tampoco tengo sed.
El coche sigue su marcha, volvemos por una carretera distinta, supongo que más directa, la pista es de arena dura en el interior salvo montones de arena fina acumulados por el viento sobre todo en los laterales pero a veces inundándolo todo, por eso algunas veces patinamos un poco y otras las ruedas derrapan hasta pillar suelo más firme.
Yo no digo nada ya, paso, se puede decir que hay lo que se dice unas malas vibraciones.
Empiezan a brillar algunas estrellas, enciende las luces, el horizonte está despejado, nada ni nadie, llanos de arena áridos, dunas, el desierto.
Coge la botella, echa un trago y la deja con toda naturalidad. Es como si fuéramos en dos coches distintos, él a lo suyo, yo a lo mio, sólo que el agua en el desierto me parece muy importante y yo no llevo. Ha bebido y no ofrece, es suya, no está incluida en los servicios prestados que son exclusivos de chofer. Me digo a mi mismo eso de "al cristiano ni agua".
Creo que vamos hacia Nefta, ciudad próxima a Tozeur pero más al sur, y que está comunicada con esta por una carretera asfaltada. Tardaremos poco en regresar a la civilización.
Empiezo a recordar sucesos de estos días, la divertida excursión del día anterior repleta de encuentros, el paseo en moto por el palmeral, el que me quería vender el licor de dátiles y me enseño una parte de la ciudad hasta que apareció el calesero con las dos francesas y me apunte, éramos demasiados para su pobre caballo y en las cuestas nos teníamos que bajar. Después del paseo por el palmeral y dejar a la puerta de su hotel a las francesas iba bastante más ligero no sin recibir los entusiastas ¡ jurrush jurrush! -supongo ¡corre corre!- de su dueño.
El calesero luego me llevo a comer a su casa, supuestamente invitado, como correspondiendo a mi invitación en el bonito Café que hay en lo alto de La Courbeille con vistas a toda la ciudad. Decía supuestamente porque en algún momento tuvo la intención de cobrarme algo. También recordé al comerciante-estudiante que me indico la dirección a la estación de autobuses al poco de dejar la casa del calesero, al camarero simpático del café donde tome un te verde que después volvimos a saludarnos cuando yo paseaba por las callejas de Nefta y el volvía en bicicleta a su casa… Algún que otro personaje más, todos siempre con conversación, intereses, inquietudes, afectos o simple curiosidad.
ZZZZZmmmzrrrBBrrrrBBRRRR -. ¿ Que es eso?
Digo y lo mismo pero en arabe exclama el conductor, mis distraidos pensamientos aterrizan de nuevo con el extraño zumbido del coche.
Paramos, se baja, veo que mira hacia las ruedas y sube.
Arranca de nuevo. Le pregunto ¿qué pasa? Su “no sé” y más su cara hablan por sí solos. Lo que está diciendo en realidad es “no tengo ni puta idea y de mecánica estoy pez”.
Y yo me pienso, pez, pero pez gordo, no puedo imaginármelo tirado debajo del coche intentando arreglar algo. Ya le costaba bastante apartar la arena en el supuesto numerito antes de bajar al chamizo, algo que creo bien podrían tener ensayado para dar un poco de emoción.
Ahora el motor suena bien, normal brrrrrrbrrrrrrrbrr , me pienso que estos coches son tan potentes que podrán andar incluso un poco rotos, por otra parte no se oye el raro zumbido de antes.
No sabemos que habrá sido, pero el coche vá que es lo importante.
Son casi las ocho, las nueve de España, porque curiosamente Túnez tiene la hora de Canarias aunque la luz aquí es la de las diez de la noche de España del 14 de Junio. Así que nos quedan unos 20 o 25 minutos de luz cada vez más tenue.
Se van viendo más estrellas y hoy no hay luna.
Teóricamente a las ocho y media tenemos que estar de vuelta en el Hotel, calculo unos cuarenta kilómetros.
TENÍA QUE PASAR
A ver si sigue todo bien –deseo- y recuerdo la botella de agua, esperemos que no nos sea necesaria, por un momento pienso en lo que sería quedarse en el desierto, no se lo he preguntado, pero doy por hecho que tendrá móvil, todo el mundo tiene. Y aunque no creo que sufra muchas incidencias son recursos necesarios en previsión de situaciones extraordinaria que pueden darse. Como los bidones de gasolina en la parte trasera del coche.
Mis devaneos religiosos me llevan a un que pase lo que Dios quiera, así suceden unas y no las que nosotros pensamos, ya en mi vida tengo bastantes pruebas, no se si escribe recto con renglones torcidos, pero escribe.
brrrZZZZMMMbrrrromtxploffffbrrrrrr, el coche se vuelve a parar, el motor sigue en marcha pero esta vez por el frenazo seco y los ruidos esto parece más gordo, prueba distintas opciones de cambios con reductoras y sin ellas pero aquí no va nada ya, bueno si, no va nada hacia adelante, pero en los variados intentos comprobamos que la marcha atrás sí funciona.
Se baja y esta vez me bajo yo también, el mira por un lado y por otro, pero creo que los dos estamos viendo lo mismo, la carrocería blanca de un flamante todo-terreno nipón.
Subimos otra vez, repite las mismas operaciones , parece que quiere moverse, pero no, los que queremos que avance somos nosotros y los milagros sin manitas en estos casos son muy difíciles.
Al conductor se le ve que no sabe que hacer y yo voy confirmando que estoy en un viaje especial, muy, pero que muy improvisado. Ni siquiera lleva un móvil.
Se me viene a la cabeza la imagen que ví hace no mucho tiempo en una exposición del Reina Sofía. En un NO-DO de los cincuenta (noticiario documental del periodo Franquista) hablaban del descapotable español “biscuter”, un cochecito poco más que los que dan vuelta en el tiovivo pero circulando por las calles. Bueno, pues al parecer este singular cochecito para dos personas máximo, tenía un defecto de fabricación, las marchas, y cuando le fallaban lo hacían todas menos la marcha atrás. La imagen que reproducía el NO-DO era de la calle Velásquez y por ella se veían –algo que entonces al parecer era una constante- unos cuantos biscuter con sus conductores retorcidos haciendo malabarismos para no chocar y desplazándose marcha atras hasta los garajes de Biscuter en esa calle.
Ante la pasividad de mi chofer me pareció que esa era la única opción para intentar regresar a la ciudad, no conocía esta pista de vuelta por la que íbamos pero no parecía tener tantas subidas y bajadas que la de venida, por la que hubiera sido completamente imposible.
Nos pusimos de acuerdo enseguida sobre todo porque no había alternativa salvo la de hacer noche allí, con la que yo desde luego no contaba, o la de esperar a que alguien viniera por nosotros que tenía pinta de ser lo mismo.
-. Sólo tenemos la marcha atrás, lo que quiere decir que no podemos tener ningún error cuando demos la vuelta para ponernos en dirección.
Donde nos hemos quedado bajo a inspeccionar y es obvio que nos enterraremos en el momento que salgamos de la pista.
Así que empezamos a retroceder sobre nuestros pasos, mirando hacia atrás, cada uno por su ventanilla, buscando por los lados una arena dura que se asemeje con la de la –llamemos- carretera.
No muy lejos, al cabo de unos 200 metros, paramos hago el giro que deberá hacer el jeep y veo que hay una zona donde sin duda nos quedaremos atascados, no nos sirve, no conviene precipitarse en una situación así, sigamos retrocediendo, casi un kilómetro más atrás creo que hemos llegado al sitio indicado, bajo otra vez, piso con firmeza por toda la circunferencia necesaria y aquí sí se puede.
Lo hacemos y perfecto !
Estamos otra vez en marcha, gran satisfacción dentro de lo que cabe, me veo desde fuera, en picado, como los del biscuter, nos deben de quedar 10 o 15 minutos de una cierta luz, él mira el frente de la pista girándose por su derecha viéndola desde dentro del coche por la luna trasera , espero que tenga mejor vista que yó –me pienso- y que sepa por donde vamos, porque yo miro por mi lado y entre el polvo que hacen las ruedas de atrás, ahora de adelante, y la poca luz, no distingo mucho aunque si lo suficiente para gritarle el número de metros que queda a mi lado para salirnos, aquí no hay arcenes que valgan.
Llevamos ya unos cinco minutos, el coche parece que hace un gran esfuerzo, pero durante este rato da la impresión de que un coche de este tipo sí lo que le funciona es la marcha atrás podría hacer un viaje largo así sin mayor problema.
El problema es mi cuello y como yo no conduzco y cada vez se ve menos decido ponerme de rodillas sobre mi asiento y sacar medio cuerpo por la ventanilla para tener más control.
Sigo indicando el margen, mi información se vuelve más necesaria y fiable a medida que la luz va desapareciendo y que el conductor tiene el cuello más cansado y decide mirar por su ventanilla.
Seguimos de esa guisa, no tiene luz blanca para atrás, por supuesto ningún foco extra, y una de dos o sabe muy bien que no tiene nada que nos pueda servir o es como si le hubieran dejado el coche y salvo conducir lo demás todo fuera a requerir manual de instrucciones y no supiera leer, no se molesta ni en echar un vistazo y ver que hay y que no hay.
Continuamente sigo avisando , ¡ un metre ! , ¡ deux ! ¡ Plus !, ¡ Arret ! ¡¡ Arret !! , y alguna otra indicación como “ahora más despacio” o “ahora por este lado ningún problema”, pareciendo que en ocasiones la pista se ensancha o que él se esta saliendo por su lado, a veces tenemos que parar, bajar y ver donde hay rodadas. Hay zonas en las que el suelo está más duro, pero si te has salido de la pista mal plan, sobre todo si como es nuestro caso no puedes maniobrar.
Pasan los minutos y me empiezan a doler las rodillas de la posición en la que voy. Los ojos de polvillo y la garganta la tengo seca como con un tapón de arena y saliva que no quiero echar porque pienso que, en cierta forma, me protege de tragar más mierda, y sed lo que se dice sed no tengo porque está claro que me hubiera “rendido” y le hubiera pedido la botella. La tensión, en cualquier caso, nos tiene muy distraídos especialmente a él que lleva el volante.
Con la oscuridad, hacía los lados, los pilotos rojos son los que más iluminan y no demasiado, se me hace raro que no haya más luces atrás pero no me lo puedo ni plantear, sería demasiado como para que él no lo conociera.
Por mi lado la cosa va bien de vez en cuando miro al cielo y a pesar del stress y el rumrum del coche me da una calma impresionante, lleno de estrellas, lo había oído muchas veces, pero no contaba con que además de la puesta de sol tendría un especial de estrellas en exclusiva y ahí estaba en una aventura total que ojala lo hubiera sido menos.
A lo lejos, por donde venimos, se ven los faros de dos coches y me pienso que la aventura va a terminar, todo bien, con emoción, estupendo, dentro de un rato cenando en el hotel.
Pasan los minutos, nosotros seguimos nuestra ruta, y muy pronto nos damos cuenta de que su dirección era otra, se están alejando, dirección Nefta quizás –me dice- y nosotros vamos hacia Tozeur.
NOCHE DE PERROS
A lo lejos, como a unos veinte kilómetros, quizá más, se ven unas luces, me dice que es el aeropuerto de Tozeur, estamos lejos, muy lejos –pienso- pero se ve algo y seguimos en marcha.
Otro coche y este sí que viene hacia nosotros, bueno, ahora sí, salvados, me dice el chofer que es el del chamizo, recuerdo que a una pregunta mía antes se había hecho pasar por bereber duro, que dormía allí en el desierto, pero debió ser para dar mas emoción al turista.
Nos hemos bajado del coche, le he saludado y me he ido a buscar mi cámara de fotos y las gafas de sol que había dejado atrás, mientras oigo que hablan los dos y que mi conductor nombra el Hotel Oasis, pero en segundos, para mi sorpresa, el otro arranca y se larga... No puedo entender que haya sido capaz de largarse dejándonos en esa situación. Es probable que se hubiera portado de otra forma si hubiera visto un turista más esplendido o un chofer más simpático.
Incluso si este último hubiera tenido más luces, y no precisamente en el coche, que se le hubiera ocurrido algo más positivo, alguna solución.
Quien sabe lo que hablarían, como mucho le debió decir que lo comentara a los del Hotel, pero lo lógico obvio decir, que teniendo sitio de sobra como era el caso, hubiera sido recogernos y después volver por el jeep.
Incomprensible, me siento como el capitán Haddock cuando le hacen alguna perrería, pero…
Subimos de nuevo y continuamos la travesía marcha atrás.
Nuestra rutina, yo mis instrucciones, sentado mirando para atrás sacando la cabeza por la ventanilla, tenía molestias en las rodillas y tampoco era cosa de aumentarlas.
A pesar de la situación, por segundos me asaltaban devaneos sobre la inmensidad del cielo y el desierto, la cantidad de estrellas, y por otra parte y mucho más terrenal, el destino, las malas vibraciones, el presentimiento o lo que es lo mismo la sensación de haber especulado con que pueda ocurrir algo y que luego realmente suceda.
Y en estas veo que por mi lado hay tres o cuatro metros Arret!! Arret!! A mon cotê il y en a beaucoup des metres…
-. Pas de probleme, je connais -me explica- es una bifurcación que luego se une.
Lo malo es que en el tramo que ha escogido hay mucha más arena y lo peor que en cuestión de segundos estamos enterrados.
Bajamos, limpiamos las ruedas pero aquello tiene muy mal color. Se monta el sólo para intentar sacarlo, desde fuera veo como cuando las ruedas empiezan a girar lo hacen desplazándose en profundidad hasta que la carrocería llega a la arena inmediatamente. Y ahí si que nos hemos quedado, nada que hacer, mi cena en el hotel la puedo dar por hecha.
Bueno pues –le digo- vamos andando. Que otra cosa podemos hacer. Afortunadamente no opone ninguna resistencia a la idea. No me hacía ninguna ilusión la idea de pasar toda la noche en el Toyota esperando que al amanecer viniera alguien a socorrernos.
Por otra parte estábamos lejos, pero no tanto, quizá dos, tres horas, por un desierto muy tranquilo hasta llegar al Aeropuerto.
Así que yo cogí la cámara y las gafas, y él la botella de agua y una cestita como la de caperucita roja en el cuento y hala a andar.
Hala y Alah, por cierto, porque creo en el episodio inmediato estuvo realmente con nosotros.
Había arena fina, como en la playa, hasta dar enseguida con la pista donde podemos aprovechar el firme de las rodadas. No es que no pase nunca nadie, nó, son muchos jeeps todos los días, solo que el tránsito se interrumpe fatalmente de sol a sol.
No hay luna pero el incontable número de estrellas de todas las intensidades nos permite distinguir esas huellas.
No es una via lactea es un nudo de lacteas como esos “scalextric” enormes de las películas americanas.
En el silencio de la noche resuena el chapoteo del agua en la botella pero el no bebe y yo sigo bien, aunque visto en ese momento, de haber sabido de esta excursión nocturna, me hubiera ahorrado el paseo por el palmeral con el sol del mediodía hasta el Zoo del Desierto.
Mi compañero de viaje encendió una linterna que había cogido del coche, linterna que habíamos desechado por ayuda inútil en la marcha atrás. Una de esas linternas ni muy grande ni muy pequeña que todos hemos tenido y que cuando las pilas están un poco gastadas hacen una especie de anillo de saturno que deja a oscuras el interior y mucho más aún el exterior.
No se si los breves minutos que la tuvo encendida nos sirvió de algo, o me temo que sí. Nos habríamos alejado unos tres kilómetros del coche cuando a lo lejos pero de frente a nosotros empezamos a oir ladridos.
Apagó la linterna.
Seguimos avanzando, sin prisa pero a buen paso. Por un momento pensé en sugerirle volver al coche, pero ya estaba lejos y los ladridos cada vez más cerca, nosotros –la pista- iba hacía ellos y sin duda ellos venían hacia nosotros.
Recordaba entonces las alimañas que había visto por la mañana en el Zoo, ahora si que me pareció una visita instructiva, todo lo que tenían de esqueléticas lo habían echado en colmillos y bien afilados.
Entre los ladridos algún aullido, pero más lejano, quizás desatado por el escándalo que estaban organizando los perros. Difícil distinguir el número, pero por los distintos “timbres” , no creo exagerar si digo que hubiera diez, doce o quince.
Para nuestro confort pensábamos que fueran perros de beduinos, algo así creí entenderle muy en voz baja a mi colega, pero ni una hoguera, ni una luz, salvo las del aeropuerto a lo lejos y las de todas las estrellas. Sin palabras nos preguntábamos y respondíamos lo mismo, en tunecino y en español, ¿Qué hacemos? Seguir y seguir callados, muy en silencio, escuchando nuestras pisadas, rítmicas, sin cambios, y los perros cada vez más cerca, en menos de quince minutos, desde el principio de los ladridos, habían llegado hasta nosotros.
Un poco antes de que estuvieran literalmente encima, mi compañero tuvo un gesto inesperado, yo marchaba por la derecha y el por mi izquierda, lo perros venían por mi lado, él me cambio en sitio, el primero en enfrentarse iba a ser él.
Yo enrosqué la correa de mi cámara alrededor de mi mano, era lo único que tenía para defenderme, y la agarre con el dedo encima del clic para que en el momento que se abalanzara el primero, algo que parecía inminente, disparar el flash, quizás la potente ráfaga de luz pudiera espantarlos o quizás, al día siguiente, alguien encontrará allí junto a los restos de unos seres humanos un film con la cara de una fiera en trance, recordé. la película de los chicos que se perdían en el bosque al tiempo que filmaban su propio desastre.
Los perros se habían situado detrás, dos, tres metros, a veces parecían estar más cerca, cuatro o cinco los más próximos aunque todos dentro de la distancia focal.
Pensaba en Dios, que no había hecho nada en mi vida, que era un poco pronto para mí. Ahora tenía la confianza de que no nos iban a atacar, pero al mismo tiempo pensaba que si lo hacían nos ganarían por mayoría.
Que en cuanto nos pegaran las primeras dentelladas, apenas podríamos dar unos manotazos, el dolor nos
debilitaría, como bestias no tendrían compasión...
Una jauría de no se sabe qué, perros, seguramente salvajes. Sonaban muy agresivos.
Continuábamos avanzando igual, sin mirar atrás, con miedo, pero cada vez con más confianza que miedo, quizás ellos pudieran percibir las dos cosas, la que les animaba a acercarse más y más, exaltados, a punto de saltar sobre nosotros y la que los retenía viendo que seguíamos como si la fiesta no fuera con nosotros. No lo sé pero después de unos cuatro o cinco minutos interminables se quedaron parados detrás ladrando aún por un buen rato, cada vez más lejanos.
Superada la prueba, vuelta a la normalidad, ya sólo parecía que quedara andar, un par de horas, algo más, las luces seguían lejos pero ya más nítidas.
Seguíamos en silencio, el uno al lado del otro, pensé en su gesto, hubiera acortado unos segundos mi sufrimiento cuando las bestias hubieran caído sobre nosotros. Con el desde luego se iban a divertir más que conmigo, fijo, cuestión de peso.
Al cabo de una media hora más andando oímos unas motos a lo lejos, después voces humanas hablando, un grupo, diez, doce, a medida que nos íbamos acercando se les oía mejor aunque yo no entendía nada, si percibí que mi compañero de viaje me requería silencio, por la marcha que imponía ví que no íbamos a solicitar su ayuda y que parecía temerles tanto como a los perros, sus motivos tendrá –pensé- sintiéndolo porque pensaba que ahí terminaba la aventura.
A medida que nos acercábamos sin duda se apercibieron de nosotros con un silencio sepulcral, silencio que rompí yo al llegar a unos ciclomotores aparcados, próximos al grupo, -. ¡ Salah!!
Creo que debí emplear el acento adecuado y decirlo justo en el momento preciso, la respuesta fue unánime y a coro, todos a una repitieron ¡Malecum salah !!
No tengo ni idea del efecto que debió causar mi saludo espontáneo a mi coleguita, lo que si sé es que se vio obligado a decir unas palabras que no estoy seguro tuviera previstas, supongo que algo así como -. “Nos hemos quedado tirados en un coche ahí atrás” ó “-. ¿ Falta mucho para la carretera ?
Continuamos nuestra marcha, sin perros ya, aunque imborrables.
Y después de saludar a ese grupo, aquello empezaba a parecer un paseo, no con la mejor de las compañías pero bueno no se puede tener todo.
Pensaba en la falta de previsión, había varios aspectos que no debería dejar pasar por alto ¿Qué hubiera sucedido si en lugar de ser yo hubiera sido una persona de edad avanzada o invalida?
Como servicio era impagable en el sentido estricto de que no se podía pagar tanto desatino, y era impagable también como aventura con puesta de sol , estrellas y marcha, perros incluidos. A punto de concluir, sin problemas finalmente, era igualmente impagable, en vez de 50 dinares quizás debieran ser muchos más.
Evidentemente esta era una apreciación juguetona porque nada de cuanto había sucedido estaba previsto e incluso podría haber terminado como drama para impresión de cientos de miles de turistas, quizá más según el tratamiento de los medios.
Estábamos a una hora aproximadamente del aeropuerto cuando después de subir una pendiente nos encontramos con la carretera asfaltada.
La cogemos, ahora una brisa que contrasta con la calma total hasta el momento sopla continuamente frente a nosotros.
Es la pequeña carretera que unía Nefta con Tozeur, bueno parece que ya va faltando menos para el final, en veinte minutos tan sólo un par de motos vienen en dirección contraria, ni un coche, a las once ya es tarde.
Dejamos el aeropuerto ya no tan lejos, a la derecha. De la ciudad, al frente, ni se ven las luces pero hay que suponer es el destino más conveniente.
El viento en contra sopla con fuerza pero no es desagradable.
Y, excepcional, por fín me ofrece agua, después de empezar a beber me ha entrado una cierta ansia y bebo un buen trago.
Por supuesto que en cualquier momento se la hubiera podido pedir y no hubiera habido ningún problema, pero por otro lado pensaba en la administración de la misma y su buen criterio, aunque tampoco olvidaba cuando, al inicio, en circunstancias menos excepcionales, bebió sin ofrecer. En cualquier caso mi situación tampoco era desesperada, hubiera aguantado hasta el final ya cercano.
A 200 metros por delante un coche parado, un pick up grande, parecido al del dueño del chamizo.
-. ¿Qué? ¿Tú “amigo”? -Le digo-.
-. Non! C´est la police.
Cuatro policías, bueno tres y medio, porque uno duerme profundamente en el interior, bueno, dos realmente porque el tercero en el momento de empezar los trámites de presentación se ha apartado unos cincuenta metros hablando por su móvil, no hablo árabe pero de que la llamada no tiene que ver con el servicio su entonación, sus risas, no me dejan la menor duda.
Nos piden la documentación, les muestro mi pasaporte, mi acompañante les cuenta lo que nos ha pasado y entiendo la palabra “mobylete” así que les está hablando también de los que estaban en el desierto cerca de la carretera, de lo que el policía parece tomar buena nota.
Próxima la frontera con Argelia pudieran ser contrabandistas.
Me devuelven el pasaporte, nos montamos en el coche, somos demasiados, yo embutido entre el guía y el policía dormido que tiene un fusil ametrallador encima, apuntando hacia el techo.
Un cuarto de hora después estamos en Tozeur, nos dejan a las afueras, en su cuartelillo.
Mi último paseo de hoy hacia el Hotel.
Bueno, el penúltimo, son más de las once y media y en el Hotel no se puede comer nada.
Salgo a la ciudad, no es fácil encontrar un sitio pero acabo dando con un garito abierto y me tomo un pollo con tomate y patatas fritas con una Coca Cola. En ese momento yo le hubiera dado una estrella Michelin.
(Dedicado a todos los que les conté algo de esta historia)
EN LA MEDINA
Por fín parece que me saldre con la mía. Llevo dos días intentando entrar en algún grupo de los que salen al desierto en 4x4, pero como soy "individuel" no ha resultado nada fácil.
Ayer pregunte en la oficina de turismo, una chica muy amable me atendió. Tarareaba alguna canción mientras me ofrecía sentarme -. ¿De donde eres? ¿Cómo te llamas? ¿En que Hotel estás?
Retira de la mesa una barra de labios encendida, fucsia
-. Han estado mis amigas y se les ha olvidado...
Bueno, le cuento mi objetivo y llama a una agencia, otra agencia, pero no, no hay ningún grupo en el que pueda entrar.
-. Quizás pueda haber alguna posibilidad más tarde. Vuelve ! me dice esta auténtica Betty Boop de Turismo interesada en prestarme servicios ahora o más adelante.
Volví al Hotel y como había visto un tablón de anuncios con oferta de excursiones, una de ellas la que a mí me interesaba "Vea la puesta de sol en el desierto" decidí preguntar también en la recepción.
Recogieron mi petición y me indicaron que se pondrían en contacto con la agencia.
A mi vuelta del paseo por la medina tendría la respuesta.
Impresionante la medina de Tozeur, en ladrillo visto de un ocre claro, se extienden sus callejas, túneles y plazas. Un laberinto por aquí con salida y por allí no, y marcha atrás p
orque por ahí tampoco.Pronto tengo un "asesor", un señor de unos setenta, enjuto, con gafas, pelo blanco, un aire al Tio Aquiles pero sin tiroleses con traje gastado oscuro, me ofrece sus servicios, empezamos a deambular, pienso que está un poco zumbao, muchos tics con la cabeza, con las manos, pero a medida que me va descubriendo la medina me siento más contento de haberle encontrado, bueno, de que me haya encontrado. No hay puerta que se le resista si detrás hay un patio digno de verse o una terraza con buena perspectiva de los tejados.
Estoy haciendo fotos y oigo una señora dando voces a mis espaldas, claro me esta echando y con toda la razón, estoy en su casa sin que me haya invitado, aparece mi guía de un rincón de la terraza y la mujer se relaja. Todos le conocen. Perfecto.
REGATEO Y PALMERAL
Seguimos recorriendo cada esquina y me cuenta de la mezquita con las tres puertas, la grande la de los hombres y las otras dos más pequeñas, la de las mujeres que sólo pueden ir los viernes y la de los niños, se me vienen a la cabeza las tiendas de juguetes Imaginarium con su puertita infantil, sólo que en Tozeur esa diferencia de mayor tamaño más importancia marca diferencias sexistas, como las puertas de las casas con tres aldabas que producen distintos ruidos informando de sí quien llama es un hombre, una mujer o la situada mas abajo -para dar facilidades- un niño.
Encima de las puertas hay un ajedrezado, dibujos que se asemejan a los de las alfombras llenos de significados, cuantos la habitan, la actividad profesional...
Las mujeres llevan capas negras interrumpidas por una tira de color que las recorre horizontalmente. Si esa tira es azul es de Tozeur pero si es blanca entonces es de la vecina ciudad de Nefta.
Esta atardeciendo, la luz entra en los ladrillos dándoles un color oro, lingotes haciendo sombras que matizan y resaltan sus sombras.
Unos niños, con gran habilidad, juegan a colocar piedritas en algunos huecos que a cierta altura hacen los ajedrezados. Otros al futbol en todas las plazas por las que pasamos. En una de ellas, junto a la casa del alcalde, esta Imed, mas mayor, los mira como arbitro acompañado de su amigo que se autoproclama el más listo de la clase. Imed habla bien en inglés, está a punto de terminar sus estudios y quiere ir a la Universidad para hacerse periodista deportivo.
Como casi todos los tunecinos, como casi todos los jóvenes de su edad del mundo, sobre todo está fascinado por el futbol. Me da la dirección para que le envíe una camiseta de Figo. Este jugador de Oporto resulta ser el español más popular en Tunez.
Continuando nuestro paseo pasamos por algunas casas derruidas y pienso en lo bien que quedarían reconstruidas.
Al parecer varios extranjeros ya lo han hecho, hay francesas, alemanas, me hablan de una española también, casadas con tunecinos. Siempre se refiere a mujeres no parece existir alguna excepción de extranjero casado con tunecina.
El precio del metro cuadrado está por las nubes , una casa ruinosa puede costar de 180.000 € a 240.000 € -me dice-, está claro para él que yo no soy comprador, quiero decir que no me está preparando para ningún regateo con un tercero, así que me creo que los precios son de milla de oro europea y no lo puedo entender. (escrito en el 2001)
Me despido de las amistades que se me han ido uniendo y me dirijo al Hotel cruzando un par de callejuelas, comercios de alfombras y de regalos para turistas hasta desembocar en la ciudad moderna.
Junto al mercado me detengo en una tienda de regalos, pequeña y mal situada, no en primera linea del río de turistas sino más bien en tercera, mira por aqui y por allá , entre los estantes, como todas, mucho colorín, sisas -las pipas de agua-, cajas damasquinadas, chilabas sencillas y más historiadas con brocados que destellan todos los colores, filigranas con la mano de Fatima, un camello, una estrella... Collares, brazaletes, babuchas... Me llama la atención un traje de camisa y pantalón de tunecino tradicional, no estaría mal para disfrazarme alguna vez o para estar cómodo en casa.
La verdad es que en Tunez nunca sé que comprar, no es que sean cosas feas, pero son el tipo de adornos que luego se quedan guardados en un cajón de casa y esa práctica la tengo cada vez más olvidada. Así que por regla general sólo compro algún detalle para familia y amistades.
Aun así, mi comerciante va a conseguirlo, ante mi poco interés emplea más recursos, de un cajón de un armario apartado saca una bolsa de plástico con colgantes, brazaletes, anillos...
-.Plata, pero plata antigua, bereber -dice-.
Sus diseños y dibujos me llaman la atención más que todo lo visto hasta el momento.
Avido el comerciante manda al chico a por té.
-. Eh que no! yo no voy a comprar nada... Además ni llevo dinero.
-. No importa, no problema, sólo ver luego te vas y ya está.
Pues muy bien, empiezo a mirar una y otra pieza del pequeño tesoro, llega el te a la menta, caliente y rico el primer sorbo, luego dulzón y al final algo empalagoso.
Voy seleccionando alguna y apartando otras. El valora las que me han interesado -. No voy a comprar hoy -reafirmo- pero voy haciendo cuentas del cambio de moneda y a medida que él me dice precios hago silencios o algún gesto denotando un "ya veremos luego".
Finalmente le digo que me aparte un anillo, un brazalete y tres colgantes, ¿complementos para el traje de tunecino?
Mi comerciante me dice que son 220 dinares, le digo que ya negociaremos al día siguiente y nos despedimos.
No estoy lejos de la oficina de turismo, de paso pregunto pero no hay novedad, sigue si haber grupo para mí.
Llego pronto a mi Hotel, el Oasis. Esta construido en el mismo ladrillo que la medina, un edificio compuesto de tres patios cerrados y uno abierto donde está la piscina que linda con el palmeral, el hotel se sitúa en el extremo de la ciudad más cerca del centro. Los patios ajardinados están repletos de árboles, plantas con flores y por supuesto palmeras. La ciudad esta rodeada por 260.000 palmeras.

El día siguiente es mi último día completo en Tozeur, cuando me levanto vuelvo a preguntar insistente en la recepción, pero nada, no hay forma, las agencias a las que han preguntado no han llamado de vuelta.
Pregunto si se puede acceder con un taxi por alguna de las carreteras que salen de la ciudad y desde allí adentrándose un poco verlo, pero no parece sea una opción valida. -. Luego volveré por si hay alguna novedad.
Parece que me iré sin ver la puesta de sol sobre las dunas del desierto.
Salgo a dar un paseo ayer quede con Imed y su amigo para que me enseñaran el palmeral, pero antes paso por el banco para sacar algunos dinares para recoger mi compra del día anterior. Me cae simpático y me parece más serio que otros.
Decido que si hace un buen precio puede ser mi vendedor oficial, algo tendré que llevar, no se puede volver de un viaje con las manos vacias.
Con los dinares calentitos me voy del banco a la tienda.
-. Vamos a negociar ! le digo después de darle los buenos días.
-. Vé a por té ! manda al chico como siempre, con su peculiar voz aflautada.
Nos sentamos uno junto al otro en un banco de madera y pone en el medio la mercancía que ha dejado apartada del día anterior.
Comienza la fiesta.
Voy sacando las piezas una por una y se ha aprendido bien la lección porque me va repitiendo los mismos precios con los que cerramos el día anterior, precios que yo voy bajando primero mentalmente y luego diciéndoselos, admite que pague menos por la pulsera y el anillo me lo da de regalo pero los colgantes no puede bajar ni un dinar.
-. Uno sólo en Europa valdría lo que le pido por todo -me dice- y yo le pongo cara de escéptico y le digo que tengo un hermano joyero y que pienso volver muchas veces a Tozeur.
Me jura y perjura que son antiguas, de bereberes del desierto.
Después de dos o tres precios intermedios, fijados por ambas partes alternativamente y de en dos ocasiones decirme que no pasa nada, que me vaya tranquilo, que lo dejamos y seguimos tan amigos, cerramos en 115 dinares incluyendo el traje que me gustaba y una rosa del desierto muy grande.
Me da la mano, llama al que dice que es su jefe para que le autorice la venta, para mí que es el que vende al lado y que deben hacer de jefe el uno del otro, según convenga, para mayor satisfacción del cliente.
El supuesto jefe se lamenta del precio fijado con mucha discreción pero no se opone, claro está. Me despido y quedamos para otra ocasión, me recuerda que se lo enseñe a mi hermano y que luego le cuente cuando vuelva.
A falta de la deseada excursión he pensado gastar este último día en ir a ver el Zoo del Desierto y el llamado Jardín del Paraiso. Pero antes vuelvo al hotel a dejar mi pequeño tesoro y de paso preguntar una vez más.
Esta vez el de la recepción me dice que existe una posibilidad, parece que ante mi insistencia me ha buscado una alternativa.
-. Puede salir un solo coche con usted pero en vez de 30 dinares, lo que le costaría en un grupo, le costará 60. Con el training previo en la tienda y entregado al regateo le redondeo en 50 y como mi interlocutor resulta ser el delegado de la agencia Ulysee en Tozeur, y tiene capacidad, acepta.
Serán menos horas que el recorrido normal que empieza a las doce, el que hacen con hasta seis personas, me parece lógico y convenimos que me recogerán a las cuatro, aunque a mi regreso del Zoo y jardín me dicen que vendrán a las cinco, agradezco la hora de retraso porque vuelvo rendido y me vendrá bien descansar después de una buena ducha.
Han sido cuatro kilometros de ida y los de vuelta, con una botella de un litro de agua, para ver unos cuantos zorros desgalichados -creo que he comprendido el pleno significado de ese adjetivo viéndolos- pero eso sí con muy buena dentadura, chacales, entre unos y otros un león, un terrario con escorpiones y serpientes diversas, unos camellos. Lo más impresionantes las frágiles rejas de la jaula del león, los pavos reales paseándose por los jardines y un pequeño zorrillo con unas orejas muy grandes que creo se llama Feneca.

Este animal descubro es el mismo que se repite en monumentos escultóricos como el de Hamamm Sousse, en posters, en adhesivos didácticos en los contenedores de reciclado... Es la mascota de los juegos olímpicos del Mediterraneo, un fenomeno que sacude Tunez este verano, embelleciendo sus fuentes, plazas, jardines, el cercanías de la capital... Y enorgulleciendo a sus habitantes.
Enfín este zorrillo que, al parecer, se hidrata gracias a sus monumentales pabellones auditivos es todo un símbolo de Tunez.
La excursión ha sido tranquila pero con un sol de plomo, entre las doce del mediodía y las tres y media de la tarde, buscando las sombras de las palmeras que se extienden sin límites, y entre ellas surcos por los que pasa el agua, unos niños recogen moras en unas zarzas, un poco más allá entre el humo un grupo de hombres quema unos rastrojos, más adelante detrás de unos arbustos se oye más agua, chapoteos, gran algarabía, un padre se baña con sus tres hijos en un estanque, no improvisada piscina, nos saludamos.
Bonitos parajes, algunas casas entre los huertos, una explotación de dátiles, un pequeño santuario cuadrangular con cúpula de base ortogonal, entretenida marcha.
Casí llegando a la ciudad, de vuelta, he descansado invitado al jardín por un empleado del Centro Juvenil. Mi única parada desde que dejara Tozeur para cruzar el palmeral hasta el Zoo. Me he hecho medio oasis seguro.
EL DESIERTO
Y bueno, aquí estoy , acabo de montarme en un flamante Toyota, enorme, de tres filas, con todos los cambios de marcha habidos y por haber, reductoras.
Me siento en el puesto del copiloto, nunca va a ser mejor llamado así...
El aire acondicionado funciona demasiado bien, que choque con el calor que hace fuera. Esto es confort!! me repachingo en mi asiento mientras empezamos a cruzar las calles en dirección a Orijmel.
Son poco más de las cinco de la tarde y vamos hacia el sol aún alto, no se pondrá hasta bien entradas las siete y media de la tarde. La luz es intensa y resplandece sobre el ocre claro de los áridos de las afueras de Tozeur.
Me pongo las gafas de sol bajando también el protector del parabrisas y pienso lo a gusto que voy viendo el panorama, sobre todo después de la paliza que me he metido antes.
Una llanura inmensa se extiende hasta el horizonte, a la derecha interrumpida por las montañas del Atlas, la inmensa cordillera que marca la frontera con Argelia.
No se ve nada ni nadie, si no hubiera estado en el Zoo antes sería impensable pensar que cualquier animal pudiera subsistir ahí.
Habremos hecho unos diez kilómetros cuando nos encontramos con un pequeño oasis en medio de esa nada, su reducido tamaño, no creo que tenga más de un kilometro de diámetro, lo hace más singular, un pastor cuida sus ovejas a la entrada junto a algunos matorrales sobre la arena. Lo cruzamos, hay algunos labradores entre las palmeras que surca el camino. De frente se nos echa encima una caravana de quads envuelta en un mar de polvo. Menuda industria está del desierto para turistas.

Salimos del palmeral y todo vuelve a ser igual, amarillo ocre, inmenso solo comparable al mar o al cielo pienso, nadas completas de una misma materia sea agua, gas o arena.
La pista a veces se complica y el coche derrapa o se va de un lado al otro.
El conductor es antipático. Lo primero que me ha preguntado nada más salir es si le pagaría a él o en el Hotel. Le digo lo que ya debe saber por el del Hotel que es que pagaré el día siguiente en el Hotel cuando saque dinero, voy un poco justo y quiero tener para la cena o cualquier imprevisto.
Parece que al conductor no le ha sentado muy bien lo convenido en Recepción.
Intentando mejorar la situación le digo que si le preocupa el cobro que venga al dia siguiente, entre las siete y las nueve y yo mismo se lo abonaré a él personalmente. No muy convencido me responde -. No, no hay problema déselo al mismo que me ha llamado.
Con la misma intención alabo su pericia con el coche, patina bastante y va deprisa pero parece que sabe lo que hace. No hablamos nada, este bigotes con fisonomía "panocha" es un buen mostrenco. Todo un "Muza", una excepción en Tunez.
Con semejante compañía -pienso- hubiera sido mejor salir otra hora más tarde, a las seis o seis y media, pero parece que vamos más lejos de lo que yo creía. Pensé que en unos quince minutos se entraba en el desierto pero llevamos mas de una hora, corre que te corre, subiendo, bajando promontorios, barrancos o disparados por extensiones lisas en las que a veces se desdibuja la pista inundada por la arena.
Derrapaje artístico para superar un par de cuestas muy empinadas, que me recuerdan las que ponen en el Salón del Automovil de Barcelona para probar los 4x4, llegamos a otra llanura imponente en la que se destaca un montículo a la izquierda que se asemeja a un camello y algo más allá un gran lago que destella con fuerza por la luz del sol, pero no, no es agua, es un espejismo. Se ve un lago de verdad pero no hay nada. ¿Verdad?, ¿mentira? como la vida misma, pienso.
Paramos para fotografiar sin el traquetreo del coche la silueta del camello de arena y el espejismo de luz.
Queriendo ser amable le digo que es muy bonita la vista. Pero debe haberlo escuchado muchas veces.
Intento imaginar este mismo paisaje con lluvia, o aún mejor con el arcoiris, aunque con el tórrido día de hoy sin duda está en su salsa.
Seguimos la marcha -. El aire con arena -me dice- borra a menudo la pista.
Asiento a su alarde de sociabilidad aunque es algo que vengo observando todo el tiempo.
Seguimos zumbándole, se lanza a las rampas de subida con fuerza y arriba frena en seco, examina la pendiente y jugando con las marchas se deja caer cuesta abajo.
De vez en cuando damos algún bandazo, en la pista ya no es fácil distinguir por que partes hay menos arena y las rodadas de otros jeep que hayan pasado desaparecen con el soplido del viento. Las ruedas que derrapan se van turnando o se repiten, cuestión de azar.
Una pendiente más que sube a tope para quedarse clavado en lo alto, pero esta vez se queda literalmente clavado, se han enterrado las ruedas. Bajamos y desde donde estamos al frente veo
una llanura en depresión rodeada de dunas y en el centro un chozo de paja junto a unas piedras que parecen lunares.
PUESTA DE SOL
Limpiamos de arena las dos ruedas afectadas, un volumen con el que podríamos haber hecho varios castillos. Y con unos cartones y una tabla que lleva dentro conseguimos salir hacia adelante y descendemos hasta lo que resulta ser un chiringuito turístico, se saludan y yo igualmente hago lo propio atendiendo a continuación la batería de preguntas ¿De donde es? -. Ah Madrid sí. Real Madrid jajaja ¿quiere tomar algo?, cuatro refrescos sobre el que debe ser el mostrador, un viejo cartel de Canada Dry, mirindas... No se si hemos vuelto al pasado pero hacía mucho que no recordaba se comercializaran esas marcas.
Entre las preguntas y propuestas entra la de un paseo en camello, tras una breve negociación acepto, y allá voy, yo no llevo el camello, un camellero andando lo va dirigiendo, hace un bonito recorrido por unas construcciones de fachadas que al parecer han servido para el rodaje de Star Trek y después subimos una duna, la silla de montar se zarandea ante la mayor dificultad para avanzar mientras hunde sus patas en la arena, desde arriba un horizonte de dunas sin límites que van adquiriendo un tono más dorado y haciendo más sombras, viendo este paisaje puedo entender el gusto por esos trazos geométricos repetitivos presentes en las formas del arte arabe.
Durante todo el periplo el camellero se ha dedicado insistentemente a pedirme "un cadeau", un regalo, que ha ido pasando de una cámara fotográfica a un reloj y finalmente unos prácticos prismáticos. Un auténtico profesional del pedir. Incluso me ha dado la dirección. Nuestra conversación ha versado sobre este tema y el Real Madrid, del que yo bien poco le he podido decir así que él me ha ido relacionando los jugadores desde la portería a los delanteros.
Después de bajar del camello decido regresar al mismo sitio andando, está a unos 500 metros, el camellero-barman y el chofer se quedan charlando, nos despedimos hasta el final de la puesta de sol.
Me he sentado en lo alto de la duna, tranquilo, pensando y sin pensar, solo viendo, dejándome transportar por las sensaciones de una imagen única en mi vida hasta el momento, viva, que ninguna foto que haya visto, por fabulosa que fuera, haya podido reproducir igual.
En la quietud aumentan los zumbidos de jeeps, miro hacia atrás y entre una gran polvareda empiezan a aparecer jeeps, uno detrás de otro, 1,2... 5, 6 y hasta 7.
Llegan hasta el centro de la explanada, donde se ha quedado mi chofer, y esto parece el desembarco de Normandía en versión desierto, con cámaras fotográficas por fusiles.
Su avance se divide en tres grupos tomando las posiciones más elevadas. Una vez alcanzadas se dispersan apostándose en lugares estratégicos, objetivo, el sol.
Cada vez están más cerca, -. ¿Ah pero tú le has trocat? -puedo entenderles, anda, son catalanes-.
Hubiera guardado las distancias aunque fueran primos, se supone que estoy en el desierto y que lo que se pretende es calma.
Por unos minutos había sido un sitio para perder la vista en un horizonte inmenso y pensar, ahora esto empieza a ser más difícil.
El sol sigue bajando adquiriendo un color más rojizo y marcando un enorme halo de luz, quizás mi astigmatismo consigue darle un toque aún más espectacular.
Una avanzadilla, dos chicas, vienen directamente hacia mi puesto. Pasan a diez metros, lo que en el desierto siento que equivale a que te llamen a la puerta por una pizca de sal.
Así que se la doy en su propia lengua -. Bona tarda !!
Conmovidas, no se que habrá pasado en su organismo al ver que aquel solitario que divisaban a lo lejos sin más turistas a su alrededor les ha saludado en catalá. Su respuesta inmediata -. Ah so m´agrada molt eh !

Y ahí se queda la conversación, se supone que empezamos a estar atentos a lo principal, digamos que se ha corrido el telón, y el sol empieza a perderse por hoy. La ansiada escena publicitada por todas las esquinas, uno de los objetivos de todos los que andamos por allí.
Se me ha sentado una señora delante con un buen moño, no va a ser fácil sacar una foto sin humano, y si fuera beduino tendría un pase, quedaría a tono, pero nó, lleva mochila.
Me levanto para buscar otra perspectiva, cambio un poco el enfoque y sigo tomando fotos a falta de algo mejor que hacer, como por ejemplo la pareja que todos podemos ver retozando en la arena, el sol de reojo así les debe saber más rico.
He dado con un buen sitio que tiene la inclinación adecuada para acomodar la espalda. Sentado así diviso la última catita del sol, se me vienen algunos recuerdos que me hacen verme en situaciones parecidas en otros paisajes, otros recuerdos más tristes me asaltan, en mi casa ya no podré enseñar las fotos a todos como hacía siempre a la vuelta de un viaje, desde hace cuatro meses mi padre ya no está entre nosotros, aunque probablemente en este momento
-pienso- tenga el mejor palco sin necesitar esperar al revelado.
No necesita ningún laboratorio, lo verá todo tal cual es, con luces y sombras.
Los motores de los jeeps me devuelven a la realidad. El sol se ha ido dejando un resplandor en el horizonte que sigue dando buena luz.
Con mis recuerdos tristes y la belleza del momento me incorporo viendo como los turistas, que hace un rato me han debido dejar sólo, empiezan a montarse en los 4x4 y empiezo a andar hacia el mío que esta junto al chamizo de los refrescos. Bajo mientras los otros todo terreno abandonan el lugar, los de los catalanes, otros de unos franceses, los que estaban más lejos no he llegado a oir ninguna voz que los identificara.
Este descenso es como esquiar, de lado a lado, con algunos pasos avanzo más de metro y medio, y a cada paso más velocidad. Me hundo en la finísima arena que sale por las sandalias como si fuera agua.
Llego hasta el coche nos despedimos del dueño del chiringuito y del camellero que me repite por enésima vez no olvide enviarle los prismáticos. Nos vamos.
Montamos en el toyota y a correr otra vez, le pega bien, socialmente se puede decir que estamos igual que cuando hemos salido esta mañana, al volver del paseo he hecho algunos elogios de lo visto, sin precisar mucho, por encima, pero para él eso debe ser un "deja vu" multiplicado no se sabe por cuantos turistas con un agravante en este caso, que no cobrara directamente de mí, con tal precedente mis observaciones le traen al pairo.
Este ha tirado la toalla de los buenos modales esta mañana, antes de coger el coche. Nada de la cortesía habitual de los tunecinos con los turistas.
Por un momento pienso que este no debe ser su trabajo diario y si lo es va sólo de chofer acompañado siempre por un guía. Su atención sigue al volante y por otra parte lo prefiero tampoco yo tengo ningún interés en establecer cotorreo alguno con semejante muermo.
Hay una botella de agua tumbada en medio de los dos, el no ha bebido todavía, igual ha tomado algún refresco en el chamizo, yo nada pero tampoco tengo sed.
El coche sigue su marcha, volvemos por una carretera distinta, supongo que más directa, la pista es de arena dura en el interior salvo montones de arena fina acumulados por el viento sobre todo en los laterales pero a veces inundándolo todo, por eso algunas veces patinamos un poco y otras las ruedas derrapan hasta pillar suelo más firme.
Yo no digo nada ya, paso, se puede decir que hay lo que se dice unas malas vibraciones.
Empiezan a brillar algunas estrellas, enciende las luces, el horizonte está despejado, nada ni nadie, llanos de arena áridos, dunas, el desierto.
Coge la botella, echa un trago y la deja con toda naturalidad. Es como si fuéramos en dos coches distintos, él a lo suyo, yo a lo mio, sólo que el agua en el desierto me parece muy importante y yo no llevo. Ha bebido y no ofrece, es suya, no está incluida en los servicios prestados que son exclusivos de chofer. Me digo a mi mismo eso de "al cristiano ni agua".
Creo que vamos hacia Nefta, ciudad próxima a Tozeur pero más al sur, y que está comunicada con esta por una carretera asfaltada. Tardaremos poco en regresar a la civilización.
Empiezo a recordar sucesos de estos días, la divertida excursión del día anterior repleta de encuentros, el paseo en moto por el palmeral, el que me quería vender el licor de dátiles y me enseño una parte de la ciudad hasta que apareció el calesero con las dos francesas y me apunte, éramos demasiados para su pobre caballo y en las cuestas nos teníamos que bajar. Después del paseo por el palmeral y dejar a la puerta de su hotel a las francesas iba bastante más ligero no sin recibir los entusiastas ¡ jurrush jurrush! -supongo ¡corre corre!- de su dueño.
El calesero luego me llevo a comer a su casa, supuestamente invitado, como correspondiendo a mi invitación en el bonito Café que hay en lo alto de La Courbeille con vistas a toda la ciudad. Decía supuestamente porque en algún momento tuvo la intención de cobrarme algo. También recordé al comerciante-estudiante que me indico la dirección a la estación de autobuses al poco de dejar la casa del calesero, al camarero simpático del café donde tome un te verde que después volvimos a saludarnos cuando yo paseaba por las callejas de Nefta y el volvía en bicicleta a su casa… Algún que otro personaje más, todos siempre con conversación, intereses, inquietudes, afectos o simple curiosidad.
ZZZZZmmmzrrrBBrrrrBBRRRR -. ¿ Que es eso?
Digo y lo mismo pero en arabe exclama el conductor, mis distraidos pensamientos aterrizan de nuevo con el extraño zumbido del coche.
Paramos, se baja, veo que mira hacia las ruedas y sube.
Arranca de nuevo. Le pregunto ¿qué pasa? Su “no sé” y más su cara hablan por sí solos. Lo que está diciendo en realidad es “no tengo ni puta idea y de mecánica estoy pez”.
Y yo me pienso, pez, pero pez gordo, no puedo imaginármelo tirado debajo del coche intentando arreglar algo. Ya le costaba bastante apartar la arena en el supuesto numerito antes de bajar al chamizo, algo que creo bien podrían tener ensayado para dar un poco de emoción.
Ahora el motor suena bien, normal brrrrrrbrrrrrrrbrr , me pienso que estos coches son tan potentes que podrán andar incluso un poco rotos, por otra parte no se oye el raro zumbido de antes.
No sabemos que habrá sido, pero el coche vá que es lo importante.

Son casi las ocho, las nueve de España, porque curiosamente Túnez tiene la hora de Canarias aunque la luz aquí es la de las diez de la noche de España del 14 de Junio. Así que nos quedan unos 20 o 25 minutos de luz cada vez más tenue.
Se van viendo más estrellas y hoy no hay luna.
Teóricamente a las ocho y media tenemos que estar de vuelta en el Hotel, calculo unos cuarenta kilómetros.
TENÍA QUE PASAR
A ver si sigue todo bien –deseo- y recuerdo la botella de agua, esperemos que no nos sea necesaria, por un momento pienso en lo que sería quedarse en el desierto, no se lo he preguntado, pero doy por hecho que tendrá móvil, todo el mundo tiene. Y aunque no creo que sufra muchas incidencias son recursos necesarios en previsión de situaciones extraordinaria que pueden darse. Como los bidones de gasolina en la parte trasera del coche.
Mis devaneos religiosos me llevan a un que pase lo que Dios quiera, así suceden unas y no las que nosotros pensamos, ya en mi vida tengo bastantes pruebas, no se si escribe recto con renglones torcidos, pero escribe.
brrrZZZZMMMbrrrromtxploffffbrrrrrr, el coche se vuelve a parar, el motor sigue en marcha pero esta vez por el frenazo seco y los ruidos esto parece más gordo, prueba distintas opciones de cambios con reductoras y sin ellas pero aquí no va nada ya, bueno si, no va nada hacia adelante, pero en los variados intentos comprobamos que la marcha atrás sí funciona.
Se baja y esta vez me bajo yo también, el mira por un lado y por otro, pero creo que los dos estamos viendo lo mismo, la carrocería blanca de un flamante todo-terreno nipón.
Subimos otra vez, repite las mismas operaciones , parece que quiere moverse, pero no, los que queremos que avance somos nosotros y los milagros sin manitas en estos casos son muy difíciles.
Al conductor se le ve que no sabe que hacer y yo voy confirmando que estoy en un viaje especial, muy, pero que muy improvisado. Ni siquiera lleva un móvil.
Se me viene a la cabeza la imagen que ví hace no mucho tiempo en una exposición del Reina Sofía. En un NO-DO de los cincuenta (noticiario documental del periodo Franquista) hablaban del descapotable español “biscuter”, un cochecito poco más que los que dan vuelta en el tiovivo pero circulando por las calles. Bueno, pues al parecer este singular cochecito para dos personas máximo, tenía un defecto de fabricación, las marchas, y cuando le fallaban lo hacían todas menos la marcha atrás. La imagen que reproducía el NO-DO era de la calle Velásquez y por ella se veían –algo que entonces al parecer era una constante- unos cuantos biscuter con sus conductores retorcidos haciendo malabarismos para no chocar y desplazándose marcha atras hasta los garajes de Biscuter en esa calle.
Ante la pasividad de mi chofer me pareció que esa era la única opción para intentar regresar a la ciudad, no conocía esta pista de vuelta por la que íbamos pero no parecía tener tantas subidas y bajadas que la de venida, por la que hubiera sido completamente imposible.
Nos pusimos de acuerdo enseguida sobre todo porque no había alternativa salvo la de hacer noche allí, con la que yo desde luego no contaba, o la de esperar a que alguien viniera por nosotros que tenía pinta de ser lo mismo.
-. Sólo tenemos la marcha atrás, lo que quiere decir que no podemos tener ningún error cuando demos la vuelta para ponernos en dirección.
Donde nos hemos quedado bajo a inspeccionar y es obvio que nos enterraremos en el momento que salgamos de la pista.
Así que empezamos a retroceder sobre nuestros pasos, mirando hacia atrás, cada uno por su ventanilla, buscando por los lados una arena dura que se asemeje con la de la –llamemos- carretera.
No muy lejos, al cabo de unos 200 metros, paramos hago el giro que deberá hacer el jeep y veo que hay una zona donde sin duda nos quedaremos atascados, no nos sirve, no conviene precipitarse en una situación así, sigamos retrocediendo, casi un kilómetro más atrás creo que hemos llegado al sitio indicado, bajo otra vez, piso con firmeza por toda la circunferencia necesaria y aquí sí se puede.
Lo hacemos y perfecto !
Estamos otra vez en marcha, gran satisfacción dentro de lo que cabe, me veo desde fuera, en picado, como los del biscuter, nos deben de quedar 10 o 15 minutos de una cierta luz, él mira el frente de la pista girándose por su derecha viéndola desde dentro del coche por la luna trasera , espero que tenga mejor vista que yó –me pienso- y que sepa por donde vamos, porque yo miro por mi lado y entre el polvo que hacen las ruedas de atrás, ahora de adelante, y la poca luz, no distingo mucho aunque si lo suficiente para gritarle el número de metros que queda a mi lado para salirnos, aquí no hay arcenes que valgan.
Llevamos ya unos cinco minutos, el coche parece que hace un gran esfuerzo, pero durante este rato da la impresión de que un coche de este tipo sí lo que le funciona es la marcha atrás podría hacer un viaje largo así sin mayor problema.
El problema es mi cuello y como yo no conduzco y cada vez se ve menos decido ponerme de rodillas sobre mi asiento y sacar medio cuerpo por la ventanilla para tener más control.
Sigo indicando el margen, mi información se vuelve más necesaria y fiable a medida que la luz va desapareciendo y que el conductor tiene el cuello más cansado y decide mirar por su ventanilla.
Seguimos de esa guisa, no tiene luz blanca para atrás, por supuesto ningún foco extra, y una de dos o sabe muy bien que no tiene nada que nos pueda servir o es como si le hubieran dejado el coche y salvo conducir lo demás todo fuera a requerir manual de instrucciones y no supiera leer, no se molesta ni en echar un vistazo y ver que hay y que no hay.
Continuamente sigo avisando , ¡ un metre ! , ¡ deux ! ¡ Plus !, ¡ Arret ! ¡¡ Arret !! , y alguna otra indicación como “ahora más despacio” o “ahora por este lado ningún problema”, pareciendo que en ocasiones la pista se ensancha o que él se esta saliendo por su lado, a veces tenemos que parar, bajar y ver donde hay rodadas. Hay zonas en las que el suelo está más duro, pero si te has salido de la pista mal plan, sobre todo si como es nuestro caso no puedes maniobrar.

Pasan los minutos y me empiezan a doler las rodillas de la posición en la que voy. Los ojos de polvillo y la garganta la tengo seca como con un tapón de arena y saliva que no quiero echar porque pienso que, en cierta forma, me protege de tragar más mierda, y sed lo que se dice sed no tengo porque está claro que me hubiera “rendido” y le hubiera pedido la botella. La tensión, en cualquier caso, nos tiene muy distraídos especialmente a él que lleva el volante.
Con la oscuridad, hacía los lados, los pilotos rojos son los que más iluminan y no demasiado, se me hace raro que no haya más luces atrás pero no me lo puedo ni plantear, sería demasiado como para que él no lo conociera.
Por mi lado la cosa va bien de vez en cuando miro al cielo y a pesar del stress y el rumrum del coche me da una calma impresionante, lleno de estrellas, lo había oído muchas veces, pero no contaba con que además de la puesta de sol tendría un especial de estrellas en exclusiva y ahí estaba en una aventura total que ojala lo hubiera sido menos.
A lo lejos, por donde venimos, se ven los faros de dos coches y me pienso que la aventura va a terminar, todo bien, con emoción, estupendo, dentro de un rato cenando en el hotel.
Pasan los minutos, nosotros seguimos nuestra ruta, y muy pronto nos damos cuenta de que su dirección era otra, se están alejando, dirección Nefta quizás –me dice- y nosotros vamos hacia Tozeur.
NOCHE DE PERROS
A lo lejos, como a unos veinte kilómetros, quizá más, se ven unas luces, me dice que es el aeropuerto de Tozeur, estamos lejos, muy lejos –pienso- pero se ve algo y seguimos en marcha.
Otro coche y este sí que viene hacia nosotros, bueno, ahora sí, salvados, me dice el chofer que es el del chamizo, recuerdo que a una pregunta mía antes se había hecho pasar por bereber duro, que dormía allí en el desierto, pero debió ser para dar mas emoción al turista.
Nos hemos bajado del coche, le he saludado y me he ido a buscar mi cámara de fotos y las gafas de sol que había dejado atrás, mientras oigo que hablan los dos y que mi conductor nombra el Hotel Oasis, pero en segundos, para mi sorpresa, el otro arranca y se larga... No puedo entender que haya sido capaz de largarse dejándonos en esa situación. Es probable que se hubiera portado de otra forma si hubiera visto un turista más esplendido o un chofer más simpático.
Incluso si este último hubiera tenido más luces, y no precisamente en el coche, que se le hubiera ocurrido algo más positivo, alguna solución.
Quien sabe lo que hablarían, como mucho le debió decir que lo comentara a los del Hotel, pero lo lógico obvio decir, que teniendo sitio de sobra como era el caso, hubiera sido recogernos y después volver por el jeep.
Incomprensible, me siento como el capitán Haddock cuando le hacen alguna perrería, pero…
Subimos de nuevo y continuamos la travesía marcha atrás.
Nuestra rutina, yo mis instrucciones, sentado mirando para atrás sacando la cabeza por la ventanilla, tenía molestias en las rodillas y tampoco era cosa de aumentarlas.
A pesar de la situación, por segundos me asaltaban devaneos sobre la inmensidad del cielo y el desierto, la cantidad de estrellas, y por otra parte y mucho más terrenal, el destino, las malas vibraciones, el presentimiento o lo que es lo mismo la sensación de haber especulado con que pueda ocurrir algo y que luego realmente suceda.
Y en estas veo que por mi lado hay tres o cuatro metros Arret!! Arret!! A mon cotê il y en a beaucoup des metres…
-. Pas de probleme, je connais -me explica- es una bifurcación que luego se une.
Lo malo es que en el tramo que ha escogido hay mucha más arena y lo peor que en cuestión de segundos estamos enterrados.
Bajamos, limpiamos las ruedas pero aquello tiene muy mal color. Se monta el sólo para intentar sacarlo, desde fuera veo como cuando las ruedas empiezan a girar lo hacen desplazándose en profundidad hasta que la carrocería llega a la arena inmediatamente. Y ahí si que nos hemos quedado, nada que hacer, mi cena en el hotel la puedo dar por hecha.
Bueno pues –le digo- vamos andando. Que otra cosa podemos hacer. Afortunadamente no opone ninguna resistencia a la idea. No me hacía ninguna ilusión la idea de pasar toda la noche en el Toyota esperando que al amanecer viniera alguien a socorrernos.
Por otra parte estábamos lejos, pero no tanto, quizá dos, tres horas, por un desierto muy tranquilo hasta llegar al Aeropuerto.
Así que yo cogí la cámara y las gafas, y él la botella de agua y una cestita como la de caperucita roja en el cuento y hala a andar.

Hala y Alah, por cierto, porque creo en el episodio inmediato estuvo realmente con nosotros.
Había arena fina, como en la playa, hasta dar enseguida con la pista donde podemos aprovechar el firme de las rodadas. No es que no pase nunca nadie, nó, son muchos jeeps todos los días, solo que el tránsito se interrumpe fatalmente de sol a sol.
No hay luna pero el incontable número de estrellas de todas las intensidades nos permite distinguir esas huellas.
No es una via lactea es un nudo de lacteas como esos “scalextric” enormes de las películas americanas.
En el silencio de la noche resuena el chapoteo del agua en la botella pero el no bebe y yo sigo bien, aunque visto en ese momento, de haber sabido de esta excursión nocturna, me hubiera ahorrado el paseo por el palmeral con el sol del mediodía hasta el Zoo del Desierto.
Mi compañero de viaje encendió una linterna que había cogido del coche, linterna que habíamos desechado por ayuda inútil en la marcha atrás. Una de esas linternas ni muy grande ni muy pequeña que todos hemos tenido y que cuando las pilas están un poco gastadas hacen una especie de anillo de saturno que deja a oscuras el interior y mucho más aún el exterior.
No se si los breves minutos que la tuvo encendida nos sirvió de algo, o me temo que sí. Nos habríamos alejado unos tres kilómetros del coche cuando a lo lejos pero de frente a nosotros empezamos a oir ladridos.
Apagó la linterna.
Seguimos avanzando, sin prisa pero a buen paso. Por un momento pensé en sugerirle volver al coche, pero ya estaba lejos y los ladridos cada vez más cerca, nosotros –la pista- iba hacía ellos y sin duda ellos venían hacia nosotros.
Recordaba entonces las alimañas que había visto por la mañana en el Zoo, ahora si que me pareció una visita instructiva, todo lo que tenían de esqueléticas lo habían echado en colmillos y bien afilados.
Entre los ladridos algún aullido, pero más lejano, quizás desatado por el escándalo que estaban organizando los perros. Difícil distinguir el número, pero por los distintos “timbres” , no creo exagerar si digo que hubiera diez, doce o quince.
Para nuestro confort pensábamos que fueran perros de beduinos, algo así creí entenderle muy en voz baja a mi colega, pero ni una hoguera, ni una luz, salvo las del aeropuerto a lo lejos y las de todas las estrellas. Sin palabras nos preguntábamos y respondíamos lo mismo, en tunecino y en español, ¿Qué hacemos? Seguir y seguir callados, muy en silencio, escuchando nuestras pisadas, rítmicas, sin cambios, y los perros cada vez más cerca, en menos de quince minutos, desde el principio de los ladridos, habían llegado hasta nosotros.
Un poco antes de que estuvieran literalmente encima, mi compañero tuvo un gesto inesperado, yo marchaba por la derecha y el por mi izquierda, lo perros venían por mi lado, él me cambio en sitio, el primero en enfrentarse iba a ser él.
Yo enrosqué la correa de mi cámara alrededor de mi mano, era lo único que tenía para defenderme, y la agarre con el dedo encima del clic para que en el momento que se abalanzara el primero, algo que parecía inminente, disparar el flash, quizás la potente ráfaga de luz pudiera espantarlos o quizás, al día siguiente, alguien encontrará allí junto a los restos de unos seres humanos un film con la cara de una fiera en trance, recordé. la película de los chicos que se perdían en el bosque al tiempo que filmaban su propio desastre.
Los perros se habían situado detrás, dos, tres metros, a veces parecían estar más cerca, cuatro o cinco los más próximos aunque todos dentro de la distancia focal.
Pensaba en Dios, que no había hecho nada en mi vida, que era un poco pronto para mí. Ahora tenía la confianza de que no nos iban a atacar, pero al mismo tiempo pensaba que si lo hacían nos ganarían por mayoría.
Que en cuanto nos pegaran las primeras dentelladas, apenas podríamos dar unos manotazos, el dolor nos
debilitaría, como bestias no tendrían compasión...
Una jauría de no se sabe qué, perros, seguramente salvajes. Sonaban muy agresivos.
Continuábamos avanzando igual, sin mirar atrás, con miedo, pero cada vez con más confianza que miedo, quizás ellos pudieran percibir las dos cosas, la que les animaba a acercarse más y más, exaltados, a punto de saltar sobre nosotros y la que los retenía viendo que seguíamos como si la fiesta no fuera con nosotros. No lo sé pero después de unos cuatro o cinco minutos interminables se quedaron parados detrás ladrando aún por un buen rato, cada vez más lejanos.
Superada la prueba, vuelta a la normalidad, ya sólo parecía que quedara andar, un par de horas, algo más, las luces seguían lejos pero ya más nítidas.
Seguíamos en silencio, el uno al lado del otro, pensé en su gesto, hubiera acortado unos segundos mi sufrimiento cuando las bestias hubieran caído sobre nosotros. Con el desde luego se iban a divertir más que conmigo, fijo, cuestión de peso.
Al cabo de una media hora más andando oímos unas motos a lo lejos, después voces humanas hablando, un grupo, diez, doce, a medida que nos íbamos acercando se les oía mejor aunque yo no entendía nada, si percibí que mi compañero de viaje me requería silencio, por la marcha que imponía ví que no íbamos a solicitar su ayuda y que parecía temerles tanto como a los perros, sus motivos tendrá –pensé- sintiéndolo porque pensaba que ahí terminaba la aventura.
A medida que nos acercábamos sin duda se apercibieron de nosotros con un silencio sepulcral, silencio que rompí yo al llegar a unos ciclomotores aparcados, próximos al grupo, -. ¡ Salah!!
Creo que debí emplear el acento adecuado y decirlo justo en el momento preciso, la respuesta fue unánime y a coro, todos a una repitieron ¡Malecum salah !!
No tengo ni idea del efecto que debió causar mi saludo espontáneo a mi coleguita, lo que si sé es que se vio obligado a decir unas palabras que no estoy seguro tuviera previstas, supongo que algo así como -. “Nos hemos quedado tirados en un coche ahí atrás” ó “-. ¿ Falta mucho para la carretera ?
Continuamos nuestra marcha, sin perros ya, aunque imborrables.
Y después de saludar a ese grupo, aquello empezaba a parecer un paseo, no con la mejor de las compañías pero bueno no se puede tener todo.
Pensaba en la falta de previsión, había varios aspectos que no debería dejar pasar por alto ¿Qué hubiera sucedido si en lugar de ser yo hubiera sido una persona de edad avanzada o invalida?
Como servicio era impagable en el sentido estricto de que no se podía pagar tanto desatino, y era impagable también como aventura con puesta de sol , estrellas y marcha, perros incluidos. A punto de concluir, sin problemas finalmente, era igualmente impagable, en vez de 50 dinares quizás debieran ser muchos más.
Evidentemente esta era una apreciación juguetona porque nada de cuanto había sucedido estaba previsto e incluso podría haber terminado como drama para impresión de cientos de miles de turistas, quizá más según el tratamiento de los medios.
Estábamos a una hora aproximadamente del aeropuerto cuando después de subir una pendiente nos encontramos con la carretera asfaltada.
La cogemos, ahora una brisa que contrasta con la calma total hasta el momento sopla continuamente frente a nosotros.
Es la pequeña carretera que unía Nefta con Tozeur, bueno parece que ya va faltando menos para el final, en veinte minutos tan sólo un par de motos vienen en dirección contraria, ni un coche, a las once ya es tarde.

Dejamos el aeropuerto ya no tan lejos, a la derecha. De la ciudad, al frente, ni se ven las luces pero hay que suponer es el destino más conveniente.
El viento en contra sopla con fuerza pero no es desagradable.
Y, excepcional, por fín me ofrece agua, después de empezar a beber me ha entrado una cierta ansia y bebo un buen trago.
Por supuesto que en cualquier momento se la hubiera podido pedir y no hubiera habido ningún problema, pero por otro lado pensaba en la administración de la misma y su buen criterio, aunque tampoco olvidaba cuando, al inicio, en circunstancias menos excepcionales, bebió sin ofrecer. En cualquier caso mi situación tampoco era desesperada, hubiera aguantado hasta el final ya cercano.
A 200 metros por delante un coche parado, un pick up grande, parecido al del dueño del chamizo.
-. ¿Qué? ¿Tú “amigo”? -Le digo-.
-. Non! C´est la police.
Cuatro policías, bueno tres y medio, porque uno duerme profundamente en el interior, bueno, dos realmente porque el tercero en el momento de empezar los trámites de presentación se ha apartado unos cincuenta metros hablando por su móvil, no hablo árabe pero de que la llamada no tiene que ver con el servicio su entonación, sus risas, no me dejan la menor duda.
Nos piden la documentación, les muestro mi pasaporte, mi acompañante les cuenta lo que nos ha pasado y entiendo la palabra “mobylete” así que les está hablando también de los que estaban en el desierto cerca de la carretera, de lo que el policía parece tomar buena nota.
Próxima la frontera con Argelia pudieran ser contrabandistas.
Me devuelven el pasaporte, nos montamos en el coche, somos demasiados, yo embutido entre el guía y el policía dormido que tiene un fusil ametrallador encima, apuntando hacia el techo.
Un cuarto de hora después estamos en Tozeur, nos dejan a las afueras, en su cuartelillo.
Mi último paseo de hoy hacia el Hotel.
Bueno, el penúltimo, son más de las once y media y en el Hotel no se puede comer nada.
Salgo a la ciudad, no es fácil encontrar un sitio pero acabo dando con un garito abierto y me tomo un pollo con tomate y patatas fritas con una Coca Cola. En ese momento yo le hubiera dado una estrella Michelin.

